lunes, 10 de junio de 2013

Hoy encontré música botada.

Amanecía y encontré música botada. Me incliné y la tomé, era una orquesta pisoteada, una nota muerta en la vereda, un sin fin de ritmos disparatados, una melodía triste y exaltada, la limpié en los trapos viejos y tradicionales de mi cuerpo y mientras sacudía el polvo alojado en las notas, estas se suicidaban y caían en un charco deprimido donde al combinarse se formaba una fiesta con luces cegadoras y melodías juguetonas que se reían a carcajadas sin sentido alguno. Algunas explotaban como pólvora estruendosa, como el grito de una trompeta en tono asesino, como amenazando la melodía por sus defectos, otros sonaban como caballos cabalgando por la nieve, la brisa de éstos generaba un frío que se sentían en el ambiente y congelaba a ratos la orquesta, mientras sonaban los caballos un susurro sigiloso se alojaba en mi oído, provocando un viento arrasador que peinaba de tal manera a los caballos que la suavidad se reflejaba en un bajo profundo e intenso que me mantenía inmóvil y a la expectativa de cualquier movimiento súbito de los caballos, la orquesta se enfadaba y subía y bajaba los tonos en orden democrático a los señores que ordenaban cuando atacar y cuando callar, luego una lluvia de explosiones melódicas me acompañaba al sonido y a los ritmos que caían en mi bolsillo llenándolos y esparciéndolo por todos los sentidos, transformando mi cuerpo en un hormiguero infinito, estas hormigas trabajaban y escalaban hacia la melodía reina, llenando de agujeros los lugares silenciosos y vacíos donde las notas no llegaban en su apogeo, unas notas agudas se alojaban de vez en cuando como manteniendo el desorden y queriendo salir de su ritmo, hasta que no aguanta y explota, y ataca a la orquesta con una melodía fastuosa y ambiciosa de sonido, que al no poder resaltar, se subleva y demuestra su valentía ante tal rey que la miraba de reojo y la menospreciaba por solo mantener el desorden que hay entre tanto sonido.

La música acababa en mis zapatos formando otra melodía entre los cordones, que discutían moviéndose como serpientes venenosas queriendo atacarse mutuamente, decayendo en una lucha devastadora, tanto así que las melodías se dejan caer en un vació suave lleno de preguntas a la espera de respuestas, el veneno que estas serpientes disparan es tan mortal que el papel hallado queda en un nulo pensamiento quedando absolutamente en blanco agonizando y soñando con nuevas melodías, que por cuestión del destino vuelven a nacer para disfrutar las nuevas corrientes de notas inquietas y creativas. La orquesta ya satisfecha, se retiró, saludo a sus canciones y desapareció tirando las notas, la melodía y el ritmo ya concluido a mi bolsillo.

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