La silla
se mecía lentamente, peleaba contra el peso impuesto por la enorme
masa que la aplastaba sin compasión. Se quejaba en su estridencia,
igual a un canto de una gaviota asustada. Seguía meciéndose cada
vez más rápida. El sonido de su madera se confundía con metales
oxidados que, al sonar cada vez más fuerte, ésta extraña silla (ya
no tan silla) frenaba su movimiento.
La gran
masa desproporcionada se asustaba y ponía sus oídos alerta,
abriendo cada vez más sus ojos de forma sorpresiva como una presa
perseguida y alerta. Se percata del movimiento y el sonido y analiza
que puede seguir meciéndose con la alegría que tenía desde un
principio.
La silla
se mece nuevamente. Cada vez llora aun más, tiene más peso. Pero el
sufrimiento en su interior no tiene cabida en su función. Nació
para ello. Un tronco que sufre con función entretenida, que
paradójicamente siniestro suena eso. Se sigue meciendo a pesar de su
agonía, sus metales se quieren soltar del anillo que lo cuelga, el
azar decidirá o, quizás, la consecuencia del acto mismo. Se mece
más rápido aun, tiene más peso, el individuo de masa corpórea
enorme despega y vuela saltando sobre la tabla. La tabla mira de
reojo por sus orificios producidas por el tiempo, pestañea y cae. El
anillo superior explota por todos lados. El individuo vuela por los
aires. Su mirada se descontrola. Divisa una mano que lo empuja. Una
sonrisa burlesca que se anuncia. Sus manos se pierde tratando de
abrazar el aire. Sus ojos al caer miran hojas en pirámides ordenadas
de manera casi olímpica. ¡Paf! Las hojas vuelan. Los ojos se
cierran y chocan. El individuo abraza el suelo. Los cables del
rectángulo se dispersan fingiendo un “no se”. La tabla cae en
los granitos. Descansa por fin. Ya no sufre. Ahora sufre el individuo
enorme, plasmado en las hojas. Silencio. Ya no hay gemidos ni
lloriqueos ni alegrías. El columpio ya no se mece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario