jueves, 22 de mayo de 2014

Mutación Material

La silla se mecía lentamente, peleaba contra el peso impuesto por la enorme masa que la aplastaba sin compasión. Se quejaba en su estridencia, igual a un canto de una gaviota asustada. Seguía meciéndose cada vez más rápida. El sonido de su madera se confundía con metales oxidados que, al sonar cada vez más fuerte, ésta extraña silla (ya no tan silla) frenaba su movimiento.

La gran masa desproporcionada se asustaba y ponía sus oídos alerta, abriendo cada vez más sus ojos de forma sorpresiva como una presa perseguida y alerta. Se percata del movimiento y el sonido y analiza que puede seguir meciéndose con la alegría que tenía desde un principio.



La silla se mece nuevamente. Cada vez llora aun más, tiene más peso. Pero el sufrimiento en su interior no tiene cabida en su función. Nació para ello. Un tronco que sufre con función entretenida, que paradójicamente siniestro suena eso. Se sigue meciendo a pesar de su agonía, sus metales se quieren soltar del anillo que lo cuelga, el azar decidirá o, quizás, la consecuencia del acto mismo. Se mece más rápido aun, tiene más peso, el individuo de masa corpórea enorme despega y vuela saltando sobre la tabla. La tabla mira de reojo por sus orificios producidas por el tiempo, pestañea y cae. El anillo superior explota por todos lados. El individuo vuela por los aires. Su mirada se descontrola. Divisa una mano que lo empuja. Una sonrisa burlesca que se anuncia. Sus manos se pierde tratando de abrazar el aire. Sus ojos al caer miran hojas en pirámides ordenadas de manera casi olímpica. ¡Paf! Las hojas vuelan. Los ojos se cierran y chocan. El individuo abraza el suelo. Los cables del rectángulo se dispersan fingiendo un “no se”. La tabla cae en los granitos. Descansa por fin. Ya no sufre. Ahora sufre el individuo enorme, plasmado en las hojas. Silencio. Ya no hay gemidos ni lloriqueos ni alegrías. El columpio ya no se mece.

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